El café de las 9:45

Miré el reloj.

Marcaban las 9:43 y, eso sólo significaba que quedaban 120 segundos para que llegase. Ya podía oler el aroma a café de todas las mañanas. Cómo me encantaba. O quizá me gustaba tanto por la persona con quien me lo tomaba siempre. Tenía que estar a punto de venir. Estaba muy nerviosa y entrelacé mis manos debajo de la mesa. No quería que se me notase tanto. Quería estar perfecta como cada mañana que nos tomábamos ese café a las 9:45. me había recogido el pelo con un moño y tenía la camiseta más sexy que podía tener. Entonces, me sirvieron mi frappuccino de café con nata bien esponjosa, mi preferido.

De pronto, alguien cruzó la puerta de la cafetería y se acercó a la mesa. Podía reconocer su fragancia desde el momento que entró por la puerta. Era ella. Tan guapa como siempre, con su vestido rojo de volantes y su melena rizada. La sonreí, pero me evitó la mirada y se sentó cabizbaja. Levantó la cabeza y me miró fijamente. Tenía los ojos llorosos. Algo me decía que todo iba a cambiar a partir de ahora.

Y, efectivamente, jamás volví a ver esa melena rizada. Nunca más volví a aquella cafetería que tanto me gustaba porque, sin ella no era lo mismo. Nunca lo sería.

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